Viernes, 28 de septiembre
Mi familia me lleva de la mano
LECTURA BREVE
En Japón, en un bonito castillo, vivían dos
familias reales, cada una con su papá rey, su mamá reina y su hija la princesa.
Aunque las familias reales no suelen compartir sus palacios, estas lo hacían
por una razón muy especial: no lo sabían. Y es que la segunda de estas familias
era una familia de reales ratoncitos que vivía entre las paredes del castillo.
Miembros de la antigua dinastía ratuna de los Kaso, eran orgullosos y
comodones: todo lo hacían sus sirvientes, quienes robaban de todo a los
verdaderos dueños del palacio. Vivían tan a gusto que nunca salían de su
pequeña habitación, y ni siquiera sabía que vivían en un palacio habitado por
humanos.
Tantas comodidades y tan poco esfuerzo habían
convertido a Yonohago, la princesa ratona, en una mandona impaciente que vivía
tan ocupada pidiendo y exigiendo que nunca escuchaba nadie.
- ¡Quiero un pastel ahora mismo!
- ¿De qué sabor, princesa?
- ¡Que no me hables! ¡Quiero mi
pasteeeeel!
Sus papás le avisaron de que así se quedarían
sin sirvientes, pero no quiso escuchar: estaba demasiado ocupada haciendo lo
que ella quería, cuando ella quería y como ella quería. Molestos, los ratones
sirvientes se fueron marchando, hasta que no quedó ninguno.
- Ahora te tocará hacer las cosas por ti
misma - dijo la reina ratona.
- ¡De ninguna manera! Encontraré nuevos
sirvientes- respondió orgullosa.
Y se marchó a buscarlos. Al acercarse a las
zonas habitadas por humanos descubrió carteles avisando del peligro.
- Soy la princesa: hago lo que
quiero, cuando quiero y como quiero. No pienso hacer caso a nadie. Y menos a
unos carteles.
Finalmente, llegó a la salida de la ratonera y
se encontró en la habitación de la princesa humana, que dormía la siesta.
Yonohago se puso muy contenta a ver a la niña.
- ¡Este animal tan grande será un
sirviente estupendo! ¡Venga, despierta, que tengo hambre!
La princesa humana, por supuesto, ni siquiera
oía a alguien tan pequeño. La ratoncita, impaciente, trepó hasta la cara de la
niña:
- ¡Soy la princesa y he dicho que te
levantes, bicho gordo! - dijo mordiéndole la nariz.
La niña se levantó de un salto y dio un grito.
Varias personas llegaron corriendo y descubrieron en el centro de la habitación
un ratoncillo de gesto orgulloso que parecía querer dar órdenes a todo el
mundo. Y era verdad, la princesa ratona estaba enfadadísima con aquellos
animales grandotes que tardaban tanto en traerle un pastel y un trozo de queso.
A todos les hizo tanta gracia ver a una
ratoncita tan mandona que la guardaron en una jaula y la llevaron a un circo de
ratones. Y allí, sin sirvientes ni comodidades, vivió la peor de sus aventuras,
pues para conseguir un poquitín de comida al día tuvo que aprender a escuchar y
obedecer todas y cada una de las tonterías que el domador le ordenaba.
Y ahora que sabe que se comportó más como una
domadora que como un princesa, espera el momento de poder escapar para buscar a
todos los ratones que maltrató, pedirles perdón y escuchar atenta cualquier
consejo que quieran darle.
REFLEXIÓN
Tu
familia está constantemente contigo, pase lo que pase y hagas lo que hagas. Es
la que te ayuda a levantarte cuando te caes y te cura las heridas. ¿Qué haces
tú por ellos? ¿Qué más puedes hacer por ellos?
VÍDEO: https://www.youtube.com/watch?v=gymyXJPbVIw
ORACIÓN:
Jesús te pido por mi familia,
que cada día de nuestra vida,
estén llenos de tu bondad.
Que nunca les falte:
un motivo para sonreir,
que nunca les falte salud,
que nunca les falte amor,
que nunca les falte alimento,
que nunca les faltes tu.
CANCIÓN: https://www.youtube.com/watch?v=vs1RhBAXecg
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